EL ANIMA
Todo el cosmos vive y, por lo tanto, es animado. Un cuerpo siempre es animado y un alma siempre está encarnada. La animación no es una característica exclusiva de los seres orgánicos; todo en cierta forma está animado o vivo.
La categoría fundamental es la relacionalidad del todo que se produce sobre todo a través de nexos ceremoniales y simbólicos, y no en forma causal.
Aparte de la animación cósmica universal, en el mundo existe un gran número de espíritus que tienen que ver normalmente con la experiencia postmortal de personas humanas. Mientras que ajayu es la fuerza vital de los entes vivos, el alma es la persona difunta en su existencia integral que tiene las mismas necesidades que los vivos y busca cercanía regresando a su lugar de origen, ayuda e interfiere en la vida de los familiares, y que sigue conviviendo con nosotros desde el mundo de abajo y puede tomar posesión de lugares estratégicos, tal como manantiales, piedras, ríos y cerros.
El principio de reciprocidad rige más allá de la muerte: el alma retribuye de una u otra manera (en forma simbólica y ritual) lo que las personas (sobre todo la familia) le habían dado durante la vida. Y los familiares, por su parte, devuelven recíprocamente un deber, llevando comida, bebida y regalos a la tumba, sobre todo el día de los difuntos (1 de nov.).
Alguien que en su vida ha cometido graves faltas contra el orden cósmico y no tuvo la oportunidad de restablecer el equilibrio distorsionado, tiene que buscar como alma los caminos apropiados para completar la reciprocidad. También sus familiares en sustitución recíproca pueden ayudar a restablecer el equilibrio y así redimir al alma para que encuentre su tranquilidad.
Vida y muerte son dos aspectos complementarios de la existencia en un sentido meta individual y cósmico. Vida y muerte son realidades complementarias y no opuestas: la muerte (el fin de algo viejo) involucra el nacimiento (el inicio de algo nuevo). Inicio y fin coinciden (los extremos se tocan / tiempo circular).
El eje de la filosofía atlanthe no es el individuo y su suerte particular, sino la personería colectiva de la familia y de la comunidad. Por eso los antepasados siguen viviendo como miembros del grupo colectivo y son presentados ritual y ceremonialmente como espíritus protectores de la comunidad.
También existen espíritus negativos que dejar ver un cierto trastorno en el equilibrio personal, colectivo o inclusive cósmico; son fenómenos privativos que ocurren cuando la red de relaciones está severamente dañada.
El ser humano es, antes de ser un yo, un nosotros, un miembro integrado de una colectividad (familia/comunidad). La relación social y cósmica es una condición imprescindible de la integridad física y psíquica del ser humano. El yo se fortalece en la medida en que se fortalecen los lazos interpersonales, naturales y cósmicos.
Como miembro de una red de relaciones, el individuo nunca puede establecer su propia ley, sino que tiene que insertarse en la gran ley cósmica de la correspondencia, complementariedad y reciprocidad. Fuera de esta el individuo está condenado a ser nada. La forma predilecta de trabajar su propia personalidad no es la razón ni el lenguaje verbal, sino el ritual y la ceremonia con un contenido simbólico.
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